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San Pedro de Rocas o la punta de un iceberg a la luz de las nuevas investigaciones

28 de diciembre de 2018

Jorge López Quiroga y Natalia Figueiras mostraron aspectos desconocidos del monasterio como su hagioscopio, liturgia bizantina, sonoridad, metrología y por fin desvelaron cómo son las celdas de los eremitas

OURENSE, 28 de diciembre de 2018.- El pasado 27 de diciembre tuvo lugar, en el Salón Noble del Liceo de Ourense, la conferencia impartida por los investigadores ourensanos Jorge López Quiroga (Universidad Autónoma de Madrid) y Natalia Figueiras Pimentel (Universidad Pablo de Olavide, Sevilla) sobre el complejo rupestre de san Pedro de Rocas, organizada desde la UNED, y celebrada el mismo día en que el Consello da Xunta declaraba la Ribeira Sacra como Bien de Interés Cultural. Ambos ofrecieron un avance de los resultados del proyecto de investigación en curso, promovido por la Dirección Xeral de Patrimonio Cultural de la Xunta de Galicia, sobre el complejo rupestre de san Pedro de Rocas. 

Mostraron una imagen de Rocas muy diferente a la que hasta la fecha se tenía y, sobre todo, gracias al recurso sistemático a las Ciencias Aplicadas al Patrimonio, ofrecieron una visión de los elementos materiales que nos hablan de forma inequívoca sobre los orígenes de este singular complejo rupestre. Es en las huellas materiales, precisamente, donde se hallan las evidencias de ese pasado que permite explicar qué es san Pedro de Rocas, sostienen Quiroga y Figueiras. “Una arquitectura excavada en la roca que está directamente relacionada con esos orígenes, vinculados a su vez con el movimiento eremítico y anacorético, haciendo de san Pedro de Rocas un lugar que entronca con una tradición anacorética de fuerte impronta en la que conocemos como Ribeira Sacra”, destacaron. 

Los ponentes, que fueron presentados por el director de la UNED en Ourense, Jesús Manuel García Díaz, (fotos de Alberte Paz) comenzaron preguntándose cuándo se construyó san Pedro de Rocas. Mencionaron el bien conocido primer testimonio documental del 23 de abril del 1007, donde se hace referencia a una iglesia (ecclesia) construida entre “montañas” (inter alpes) y conocida desde antiguo como Rocas (antiquitus Roccas nominata). Aún teniendo en cuenta, señalaron, la parte de recreación o de invención que recoge el documento, no resulta difícil enmarcar el proceso descrito en el marco de las “restauraciones” de supuestos lugares y monasterios abandonados, como un argumento para justificar unos derechos de propiedad sobre bienes aparentemente sin dueño. Dos elementos materiales permiten entender esa fase de “restauración” entre los siglos IX-X: la conocida como “inscripción fundacional” y la base o pie de altar. 

La fecha de la inscripción actualmente conservada en el Museo Arqueolóxico Provincial de Ourense no se situaría en la segunda mitad del siglo VI, sino en el marco de la “restauración” del monasterio en tiempos de Alfonso II (entre mediados y finales del siglo IX), arco cronológico en el que debemos incluir el pie de altar. Ambos conferenciantes, al igual que otros investigadores, consideran que el documento, la inscripción y el pie de altar forman parte de esa fase alto-medieval, entre los siglos IX-X, en la que san Pedro de Rocas pasa a tener unos “propietarios” conocidos en el marco del proceso de expansión territorial de la monarquía astur-leonesa.

La arquitectura visible, en lo que se interpreta habitualmente como la fase de construcción de las tres capillas excavadas en la roca en forma de arcos de medio punto sería, como apuntan Quiroga y Figueiras, coetánea al epígrafe, al pie de altar, y a la dotación que Alfonso II realiza a san Pedro de Rocas. El análisis realizado por ambos investigadores de la planimetría completa del conjunto, a partir del levantamiento en 3D proporcionado por el láser escáner, en relación a ambas capillas central y lateral derecha, les permite concluir que la obra es fruto de una planificación en su ejecución, probablemente labor de un maestro constructor que partiendo de las cavidades anteriores, traza los ejes perfectos, simétricos y paralelos entre sí, vaciando la roca como si de una escultura se tratase. La conferencia convocó a un nutrido grupo de ciudadanos interesados, que casi llenaban el Salón Noble del Liceo.

La cabecera de la capilla mayor (ver en la imagen inferior) es buena muestra de ello, ya que en proporciones, escala y geometría, hallan una planificación que parte de la esfera, de manera que la semicircunferencia es la misma en planta que en alzado, y a partir de la línea de imposta se inscribe en un cuadrado perfecto. “Estamos ante una arquitectura específica de sustracción como es habitual en las técnicas rupestres, frente a la tradicional construida por adición, si en su proceso de ejecución se hubiese prescindido de referencias exactas espaciales, el resultado final hubiera sido mucho más orgánico, irregular y espontáneo, adaptado a la naturaleza del soporte y sus alteraciones, como fisuras, vetas o variaciones de dureza”, señalaron los dos ponentes. Sin embargo, añadieron, “en Rocas encontramos un dominio y control de las proporciones y medidas; geométrica y arquitectónicamente está pensada, diseñada, planificada y posteriormente llevada a la obra, pudiendo así hablar de un proyecto con trazas previas”. 

A partir de estos datos, concluyen que el espacio cultual está labrado íntegramente en suelos, alzados y cubiertas, como un todo trabajado exterior e interior; considerando por ello que la planta que hoy es visible con las capillas excavadas en la roca, corresponde a una segunda fase constructiva del complejo rupestre en época altomedieval, que a su vez fue la primera fase del monasterio, sucediéndole a una etapa anacorética otra cenobítica en tiempos de Alfonso II, en la segunda mitad del siglo IX. “Esta primera fase tardo-antigua se evidencia por las huellas dejadas, y aún hoy son visibles en la propia roca, de lo que pudo haber sido un ‘abrigo rupestre’, adaptado a un uso habitacional, cultual y funerario”, manifestaron Quiroga y Figueiras.  

  Al referirse a las fases constructivas, ambos investigadores se preguntaron cómo se construyó san Pedro de Rocas. Aportaron, en este sentido, nuevas conclusiones dotando al complejo de una dimensión mayor, despejando numerosas dudas y especulaciones en lo que respecta a su constitución y origen, fruto del estudio arqueométrico, material y arquitectónico. En efecto, en una extensión de 2.500 m2 de superficie aproximadamente, y en una primera fase de prospección del entorno inmediato al espacio cultual-funerario, los investigadores han identificado una veintena de celdas, lo que configuraría una laura, complejo eremítico organizado, tres habitáculos exentos de madera, un articulado entramado ramificado y muy bien estructurado de escaleras, canales, zonas de paso y estructuras de contenedor a modo de silos asociados a estos, todo ello excavado en la roca. Según estos investigadores, es necesario destacar que la ubicación de cada uno de estos elementos se escalona en altura y se distribuyen en el espacio, tanto en alzado como en planta. Atendiendo al conjunto de elementos relacionados (escaleras, canales y silos), hablaron Quiroga y Figueiras de que en Rocas estamos ante un diseño complejo y unitario, pudiendo decirse que existe una clara transmisión de conocimientos de unos a otros, al tiempo que una perfecta planificación optimizando y aprovechando al máximo las posibilidades que el paisaje y la orografía del terreno ofrecen a los eremitas y anacoretas; en este sentido, el entorno natural estaría desempeñando al mismo tiempo un papel socializador.

 Es la primera vez que la idea de la existencia de eremitas en Rocas se puede evidenciar en lo material, más allá de la especulación, puesto que la arqueología de la arquitectura y la caracterización de materiales han permitido hallar todo lo que concierne al aspecto tecnológico y procedimental de lo que en origen fue este lugar, lo que constituye un gran avance.

En cuanto a las celdas y a su sistema constructivo, explicaron ambos investigadores que el método utilizado por estos eremitas era preciso y conocido en los textos de los padres del desierto. Una vez la roca tallada y vaciada ha creado el espacio interior habitacional a modo de cavidad, proceden a realizar los mechinales o encastes para recibir la carpintería de armar en madera: vigas, viguetas, travesaños y soleras, soportados por los muros portantes de roca y los maestros de tabiques de madera. La interconexión y proximidad física entre las celdas, junto con la accesibilidad cuidada a las mismas y su disposición topográfica en torno a una o varias vías de comunicación, configura esa simbiosis característica de los eremitas/monjes de la Tebaida egipcia entre la soledad individual en la propia celda con la presencia de gentes que visitaban y asistían, en una auténtica peregrinación, a estos “hombres santos”. Es valioso y revelador, subrayaron Quiroga y Figueiras, que el estudio arquitectónico de dichas construcciones, así como el del espacio distribuido, entronca con la tradición documental de los padres del desierto y sus Apotegmas.

  En lo que constituyó una conferencia fascinante y llena de novedades, otro de los elementos sorprendentes fue la demostración de la existencia de hagioscopios en san Pedro de Rocas. Concretamente, las estructuras tradicionalmente interpretadas como lucernario y/o sistemas de ventilación, serían en realidad hagioscopios, una solución arquitectónica propia de los templos bizantinos y de su liturgia ortodoxa, como se ha identificado en la Capadocia, que permitían una audición-visión restringida para un individuo privilegiado en los momentos de la liturgia de mayor trascendencia espiritual limitados, como por ejemplo la consagración (transubstanciación). En efecto, ambos investigadores, argumentaron que tras comprobaciones de ángulos visuales, proyecciones de la imagen y valoración de la reverberación del sonido, es posible afirmar con rotundidad que el hagioscopio principal está diseñado y ejecutado para transmitir todo ello a la parte alta de la capilla mayor y que dicho hagioscopio, en palabras de Quiroga y Figueiras, estaría directamente relacionado con la construcción de las tres capillas excavadas en la roca en época alto-medieval para un uso de rito de bizantino.

 Si ese fuera el caso, y tratándose de la fase cenobítica de Rocas, el uso del hagioscopio (ver imagen inferior) podría estar reservado al abad de la comunidad monástica, pudiendo desde ese lugar visualizar, escuchar y controlar el desarrollo de la actividad litúrgica en el interior de la nave correspondiente a la capilla central de manera privilegiada, o posibles eremitas que mantendrían la vida anacorética de sus predecesores, los que nos pondrían ante el hecho de convivencia entre ambos tipos de vida monástica, durante un tiempo.

A continuación los conferenciantes, para concluir, se preguntaron quiénes habrían sido los individuos que construyeron san Pedro de Rocas. Subrayaron, en primer lugar, que anacoretismo y eremitismo no están directamente relacionados con soledad y aislamiento físico, sino más bien al contrario, la conectividad y la accesibilidad son fundamentales para ambos. Tampoco era Rocas un ámbito reservado a una pequeña comunidad o grupo de individuos, ya que el número extenso de celdas de la laura y el área funeraria, tanto la que es visible en el interior y en el exterior del monasterio, como las numerosas inhumaciones hoy prácticamente desaparecidas, nos hablan de la presencia de un número muy importante de personas en Rocas.

La cuestión de qué es san Pedro de Rocas está directamente vinculada con su origen y con quién/es ocuparon este lugar dotándolo de una significación cultual cristiana. La pintura mural, señalaron los dos investigadores ourensanos, ofrece interesantes y sugerentes elementos de reflexión, así como el análisis detallado de todo el espacio cultual rupestre, especialmente la roca en la que fue tallado, sin olvidar los numerosos grafitis que jalonan todas las paredes y la propia organización espacial del área funeraria. “Pero, como se constata en otros complejos rupestres del Mediterráneo, es en el entorno del monasterio de san Pedro de Rocas donde encontramos evidencias de que no estamos ante un edificio y una arquitectura aislados buscando una soledad física y espiritual. Ciertamente, hay un deseo de soledad interior, en esta fase de anacoretismo (1ª fase), casi individual, pero es una soledad en multitud, ya que los anacoretas se establecen muy próximos unos a otros, aunque viven y están recluidos en sus celdas individuales, en aislamiento interior y físico”. Es en ocasiones especiales que se reúnen en un espacio destinado para tal fin siendo exclusivamente el único momento en el que establecen comunicación entre ellos. 

Añaden los ponentes que habrá que esperar el paso al cenobitismo (2ª fase) para que dicho aislamiento sea interior y no físico, pasando a crear una comunidad en convivencia. Además, la mayor extensión de lo que en su día fue un gran complejo habitacional, cultual y funerario rupestre, se enmarca y contextualiza en lo que son realmente sistemas de asentamientos, de hábitats rupestres anacoréticos, bien conocidos y documentados en otras áreas, inscribiéndose así san Pedro de Rocas en un fenómeno de amplia difusión como es el de la edilicia rupestre, en un ámbito espacial que no es otro que el de la propia diáspora reflejada en su pintura mural. Según López Quiroga y Figueiras Pimentel, podríamos estar ante otra Tebaida, como la egipcia, pero en este caso en Occidente, en la conocida como Ribeira Sacra.

El proyecto de investigación sigue su curso y esperan continuar hallando numerosos elementos que amplíen el conocimiento y comprensión, que hasta ahora se tenía de la realidad material de San Pedro de Rocas.

Para saber más: López Quiroga, J. - Figueiras Pimentel, N. (2018): "Ecclesia Edificata Inter Alpes Roccas Nominata. El complejo rupestre de San Pedro de Rocas (Esgos, Ourense)", in: López Quiroga, J. (coord.): In Tempore Sueborum. El tiempo de los Suevos en la Gallaecia (418-585). El primer reino medieval de Occidente (Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial de Ourense), Ourense, 373-394.

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