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Barreiro Rivas: “A condución á Transición tivo moito que ver cunha dinámica social que estaba moito máis avanzada do que inicialmente se cría” 

12 de marzo de 2019

La Iglesia y las derechas también fueron protagonistas en las jornadas organizadas por la Universidade de Vigo y la UNED con los profesores Rodríguez Lago y Prada Rodríguez

OURENSE, 12 de marzo de 2019.-Con éxito terminaron las Jornadas de Historia Contemporánea y del Tiempo Presente dedicadas este año a la Transición a la democracia y la Constitución de 1978, organizadas por la Universidade de Vigo y por la UNED. Entre los ponentes, el profesor de Ciencia Política de la Universidade de Santiago, Xosé Luis Barreiro Rivas expuso las claves políticas, económicas y sociales de la Transición española entre los años 1975 y 1982. Trató de ofrecer un enfoque desde la ciencia política pues recordó que normalmente “facemos o enfoque da Transición como historia dos partidos políticos e por tanto facemos una Transición cortiña e moi protagonizada polos que aparecían naquel momento como líderes. Tamén o facemos un pouco desde o punto de vista xurídico, sobre cal foi o mecanismo que se empregou para transformar a legalidade franquista nunha legalidade democrática, pero esquecemos case sempre a perspectiva da evolución social que hai previa á Transición e que finalmente fai que a conducción desta teña moito que ver cunha dinámica social que estaba moito máis avanzada do que inicialmente se creía”. Añadió que ello “fai quebrar as visións parciais do modelo e obriga-as a ir por un vieiro de rápido alcance do que era a homologación europea que era, básicamente o concepto que todo o mundo desexaba e todo o mundo entendía”.

Barreiro sostiene que la mayor parte de los autores “perden os seus programas na Transición, perden os seus proxectos de Transición e finalmente téñenos que refundir nunha idea que é a rápida conquista dunha Constitución que realmente nos homologa cos países europeos. Y eso faino así o máis listo da película e probablemente tamén o máis valente e o máis osado que era Adolfo Suárez”. Manifestó el profesor Barreiro  Rivas que Suárez “estaba ben asesorado, hai que recordar a Torcuato Fernández Miranda, pero creo que de súpeto o conxunto dos partidos se dan conta de que a única fórmula posible de alcanzar rápidamente ese obxectivo é deixarse guiar por el. Por eso colaboran tanto e xurde o modelo de consenso”. Este modelo, aclaró el ponente, fue el intento de adaptarse a lo que era la visión que los españoles teníamos de nosotros mismos. “O franquismo final estaba moi distante da sociedade española e se aguantou tanto tempo foi porque xa ninguén creía que pagaba a pena acelerar o proceso, pero evidentemente facía moito tempo que España non era franquista, a pesar de moitos modelos de Transición empezaron pensando que había un franquismo sociolóxico que era o que ía dominar, pero despois demostrouse que non era así”.

Barreiro dio una pincelada del importante cambio registrado en la España de los años 60 del siglo XX y los primeros años 70. “Nos 60 son os anos do chamado Desarrollismo, que foi en termos económicos e no social, e polo tanto eso é o que xustifica a facilidade e a exactitud do proceso”.

El papel de la Iglesia

El profesor de la Universidad de Vigo José Ramón Rodríguez Lago, se refirió a la Iglesia católica y la transición a la democracia en España (1965-1982). Explicó que la doctrina del Concilio y el debate posconciliar “generaron una crisis de identidad en el modelo de Estado confesional y de Iglesia de cristiandad, forjados a sangre y fuego durante la Guerra Civil y alimentados por la propaganda del mito de la Cruzada y de los 25 Años de Paz”. Añadió que la apertura de canales institucionales para la libre participación en el proceso de reflexión y debate sobre el presente y el futuro de España y de la Iglesia propició varios aspectos. En primer lugar, el “reconocimiento de la diversidad y en el conflicto en el seno de la Iglesia (con importantes tensiones intra-eclesiales y conflictos Iglesia-Estado)”; también produjo “las esperanzas o los miedos frente a los retos e incertidumbres del futuro”, el aprendizaje “práctico y traumático” en las fórmulas de participación democrática (votación, asamblea, representación, propaganda, acción directa); la avidez por nuevos recursos ideológicos (sociología / ciencia política) y técnicos (estadísticas / encuestas) para la práctica pastoral y política. Sin olvidar, señaló el ponente, la “explosión del fenómeno asambleario que afectó a los diversos frentes teológicos, pastorales y políticos” así como la dimensión profética y misionera de una Iglesia de base alimentada por el espíritu de conversión. Esos procesos, manifestó Rodríguez Lago, “siguieron pautas divergentes en función de la realidad eclesial y sociológica de cada diócesis, condicionados también por la personalidad y la actitud de cada uno de los prelados al mando”. Señaló cómo la lucha entre la revolución y la reacción tuvo su epicentro en la curia vaticana y en el  seno “de una Conferencia Episcopal Española en el que las diversas Comisiones se convirtieron también en grupos de influencia”.

La diplomacia vaticana, que estaba volcada prioritariamente en las negociaciones con el Estado y las elites dirigentes, “optó por el ‘despegue’ del régimen dictatorial. También requirió de tiempo para serenar la aguda crisis experimentada  entre el clero y la militancia”, señaló el profesor Lago. Con el  fallecimiento del arzobispo Morcillo y del cardenal Quiroga Palacios, “las conclusiones emanadas del III Sínodo de Obispos celebrado en octubre de 1971 en Roma tendrían en Tarancón su mejor representante”, manifestó.

Entre 1972 y 1982 el Taranconismo “modeló un proceso de transición eclesial y política, que trató de marcar distancias por igual con el frente tradicionalista y el rupturista. Preservar las mejores relaciones con el futuro régimen resultaba urgente para los intereses eclesiales”.

Los acuerdos Iglesia-Estado de 1976/1979 tuvieron el aval de la diplomacia vaticana, el apoyo del monarca y las gestiones realizadas previamente por el Grupo Tácito, con Marcelino Oreja como su máximo representante. “Su aprobación compaginó un mayor grado de autonomía eclesial (designación de obispos), con garantías plenas para la financiación y la presencia católica en el sistema educativo y en el ejército, claves del futuro”.

Rodríguez Lago destacó que tanto el pontificado de Juan Pablo II como la victoria electoral del PSOE “abrirían una nueva etapa caracterizada por la restauración de las posiciones eclesiales más conservadoras y la condena o el silenciamiento del progresismo católico”.

 

Las derechas

Otro aspecto tocado en estas jornadas sobre La Transición a la democracia y la Constitución de 1978, fue el de las derechas españolas en el tardofranquismo y en la propia Transición, tema defendido por el profesor de la Universidad de Vigo y profesor tutor de la UNED, Julio Prada Rodríguez. Hizo una síntesis digna de mención. Comenzó trazando los orígenes de las derechas remontándose al reinado de Fernando VII y pasando por todo el siglo XIX para llegar al período 1902-1914, con los carlistas y los partidos dinásticos: el conservador y el liberal. Entre 1914 y 1930 estaban los carlistas, los mauristas y la Unión Monárquica Nacional, aparte de la derecha monárquica liberal. Ya entre los años 1931 y 1936 aparecen en escena las JONS (1911) con R. Ledesma y Onésimo Redondo a las que se sumará en 1933 Falange Española de José Antonio Primo de Rivera, lo que derivará en el nacimiento de FE-JONS en 1934. También figuran los carlistas con Comunión Tradicionalista de F. Conde, en 1932. En este período figuraba, además, Renovación Española, de alfonsinos y borbónicos, con José Calvo Sotelo. Igualmente se contaba con el Partido Agrario de J. Martínez de Velasco y Acción Popular, de Ángel Herrera Oria, que derivaría en la CEDA de 1933 con Gil Robles.

Julio Prada expuso también la presencia de FET de las JONS en 1937. En el franquismo el panorama de las derechas se agrupa en lo que entonces se denominaban familias políticas que, como señaló el ponente, estaban enfrentadas por conseguir cotas de poder e influencia política o económica. A pesar de sus diferencias ideológicas, todas comparten los principios tradicionales de la derecha española, es decir, catolicismo, nacionalismo español, defensa del orden y de la paz social, concepción tradicional de la familia y rechazo de la democracia liberal, o sea, las libertades públicas, el parlamentarismo, los partidos políticos… Además coinciden en su fidelidad y unidad en torno a Franco. Esas familias son, por la parte de la Iglesia, la propia jerarquía eclesiástica, el Opus Dei y la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP).  Otra familia era la militar y, en tercer lugar, los grupos políticos (falangistas, monárquicos, tradicionalistas y tecnócratas).

Julio Prada manifestó que desde finales de los años 60 “se acentúan las diferencias estratégicas”, es decir, se plantean cómo afrontar la evolución del régimen franquista ante los cambios económicos y sociales además de plantearse cómo institucionalizar la participación política y canalizar las diversas sensibilidades dentro del Movimiento, situándose aquí el debate sobre las asociaciones políticas. El profesor Prada mencionó dos orientaciones contrapuestas, por un lado, quienes abogaban por la defensa de la continuidad del franquismo sin Franco y quienes defendían un tránsito paulatino hacia la democracia. Y aquí menciona el ponente una derecha neofranquista, que acepta la evolución hacia una democracia “controlada con elementos de continuidad” y sectores reformistas que pueden “confluir con grupos procedentes de la oposición moderada”.

Ante el declive de Franco y el continuismo de Carrero Blanco, aparecerán los continuistas y los aperturistas o reformistas. Estos últimos, según manifestó Julio Prada, “coinciden en que el franquismo no sobreviviría a Franco pero tampoco sería derrotado por la oposición”; discrepan en el ritmo e intensidad de las reformas, se establecen los primeros contactos para constituir asociaciones políticas dentro del régimen y se registra “escasa actividad antes de la muerte de Franco por el coste de la disidencia y la ausencia de alternativas viables”.

Tras la muerte del dictador surgiría un proceso de reinvención de unas derechas democráticas y liberales. Entre los años 1974 y junio de 1977 había cinco derechas: la derecha nostálgica, el grupo Tácito, los Azules; los seguidores de Fraga y la derecha neofranquista.

La derecha nostálgica, conocida como Búnker, la integraban altos mandos del Ejército, sectores integristas de la Iglesia Católica así como pequeños grupos de la extrema derecha activista que procedían del falangismo, el carlismo o que simplemente eran franquistas. Esta derecha, señala Julio Prada, no tenía apoyos sociales y ocupaba importantes posiciones de poder en sectores estratégicos como la Judicatura, la burocracia. Por tanto, explica el ponente, tenía un importante poder en esos sectores desde los que podía condicionar el proceso de transición.

Los Azules, como relata Prada Rodríguez, comenzaron a organizarse hacia 1970 con Fernando Herrero Tejedor y su bandera era la reglamentación del derecho de asociación. “En enero de 1973 el grupo de los 39 dirige una carta a Franco pidiendo diálogo, libertades efectivas y la ampliación de los canales de participación política”, Una parte de estos pasó a integrar el Grupo Parlamentario Independiente de las Cortes en marzo de 1975. Parte de sus miembros colaborarán con Adolfo Suárez desde el principio e ingresarían en la UCD. Entre esos miembros están Martín Villa, Ortí Bordás, Sancho Rof, Eduardo Navarro, Fernando Suárez o Gabriel Cisneros.

La derecha neofranquista la conformaban “personalidades escasamente articuladas, falangistas, tradicionalistas, tecnócratas y católicos que se plantean la necesidad de reunificar a las distintas familias, en mayo de 1974” aunque los falangistas al final se negaron a integrarse optando por constituir diferentes asociaciones aprovechando el Estatuto de Asociaciones Políticas de Arias Navarro, de enero de 1975. Así, el profesor Prada fue mencionando la Unión del Pueblo Español, promovida desde el Movimiento, con Suárez y Cruz Martínez Esteruelas; la ANEPA, Unión Social Popular, de L. Stampa, Thomas de Carranza y Rodríguez de Valcárcel; la Unión Nacional Española, con Fernández de la Mora y Velo de Antelo; Democracia Social, de Licinio de la Fuente; Acción Regional, de Laureano López Rodó; la Unión Democrática Española, Acción Democrática, de Silva Muñoz y por último, Reforma Social Española, de Manuel Cantarero del Castillo, algunos de cuyos integrantes, dice Prada, acabarían en Alianza Socialista, el PSOE o en Acción Ciudadana Liberal. Esta derecha neofranquista defendía el continuismo compatible “con un cambio lento que desembocase en una democracia controlada desde el poder”,

Otra familia era el Grupo Tácito, una iniciativa de Abelardo Algora, que estaba en la ACNP, en mayo de 1973, de Osorio y Álvarez de Miranda, que se dieron a conocer en el diario Ya en junio de aquel año.También estaban democristianos como Landelino Lavilla, Pío Cabanillas, Íñigo Cavero, Carriles, Otero Novas, Díaz-Ambrona, Marcelino Oreja, Calvo Sotelo, entre otros. Todos ellos defendían “el pluralismo político, los derechos humanos, la soberanía popular, la aconfesionalidad del Estado y la defensa del Vaticano II, la monarquía como motor de cambio”, señala Prada Rodríguez, además de subrayar que desconfiaban de una posible hegemonía de la izquierda en el proceso de cambio, por influencia de Portugal. Una parte de esos miembros confluyó en FEDISA con Manuel Fraga. “Los principales elementos de división giran alrededor de la apertura de un proceso limitado a la reforma de las Leyes Fundamentales (Osorio) o más avanzado (contactos con la Democracia Cristina de la oposición y mismo el PSOE), la insuficiencia (la mayoría) del reformismo de Arias Navarro, la mayor o menor proximidad a Fraga (la mayoría se alejan) y la necesidad de convertirse en partido político o seguir como corriente de opinión”. Una parte de ese Grupo Tácito se integrará en el primer gobierno de Suárez, como le pasó a Osorio, Lavilla, Oreja o a Calvo Sotelo, y otros se vincularán al partido Popular, como Cabanillas, o al partido Popular Demócrata Cristiano, como Álvarez de Miranda, Cavero y otros. Aquí está el origen de UCD, recordó Julio Prada en su ponencia.

La otra familia era la de los seguidores de Fraga. Este, en su libro Legitimidad y representación, publicado en 1973, formuló su teoría del Centro pues consideraba que la evolución social española había dejado al país “escorado a la derecha”, por lo que consideraba que debería avanzar hacia el centro valiéndose de un reformismo que evitase un bandazo a la izquierda. Así, Fraga “no acepta el marco jurídico de las Asociaciones Políticas de 1974 y fracasa la Triple Alianza (Fraga-Alzaga-Silva) que pretendía patrocinar el Gobierno”. El Gabinete de Orientación y Documentación (GODSA) pretendía explorar alternativas políticas de futuro y se hace un llamamiento para conseguir una reforma democrática.

Dice Prada que la Federación de Estudios Independientes (FEDISA) coincidió con los Tácitos en la promoción de estudios para avanzar hacia la evolución de las estructuras políticas del país. “Su proyecto de reforma política de mayo de 1976 mantiene un Senado de representación corporativa, un Congreso por sufragio universal; la Corona tendría una función moderadora, desaparece el Consejo Nacional del Movimiento, mantenía el Consejo del reino y contemplaba un Tribunal de Garantías Constitucionales y un Consejo Económico y Social. Pero Fraga tenía una mala sintonía con el Rey, esto, sumado a los sucesos de Vitoria en marzo de 1976 y al nombramiento de Suárez en julio de dicho año, no dejó otra alternativa a Fraga que la de “allegarse a la derecha neofranquista, en octubre de 1976 con la creación de la Federación de Partidos de Alianza Popular”. Dicha Federación, tal como relató Prada Rodríguez, “responde a la necesidad de contar con una plataforma que una a las familias políticas que habían sostenido al franquismo (los falangistas no se integrarán por miedo a perder sus bases)”. Fraga explicaba que había que aislar a la extrema derecha y atraer a las fuerzas conservadoras hacia el centro. La percepción de los Estados Unidos era una relación antinatural de rencorosos que hacía peligrar el avance hacia la reforma política.

Julio Prada mencionó el giro de Fraga como “escenario de oportunidades políticas, contención de sus impulsos reformistas que era coherente con su tendencia de ‘evolucionar’ más que de ‘reformar’, y deseo de no quedar aislado, pues pensaba que la articulación de la derecha solo podría hacerse desde el régimen y no erró como demuestran los casos de Gil Robles, Ruiz Jiménez o Areilza”.

En marzo de 1977 se celebró el primer Congreso en el que se creó el Partido Unido de Alianza Popular (PUAP), no integrándose ADE y UNE, se defendía el catolicismo, la patria, la monarquía, la defensa del legado franquista, el humanismo cristiano además de oponerse a la legalización del PCE, en definitiva, como señala el ponente, “mira más hacia el pasado que al futuro”. Fraga consiguió un fracaso electoral con 1,5 millones de votos, el 8,2% de sufragios, recordó Prada.

En el año 1977 se simplifica el número de familias derechistas. Entre junio y el referéndum constitucional de aquel año estaban la UCD, la derecha nostálgica y Alianza Popular. En noviembre de 1976 el Partido Popular agrupaba a democristianos de Tácito, además de liberales, regionalistas, socialdemócratas, independientes, miembros de FEDISA y regionalistas. Era un partido aconfesional que se inspiraba en el humanismo europeo. También era democrático, que pretendía actuar como contrapeso entre AP y el socialismo marxista. Celebró su primer Congreso los días 6 y 7 de febrero de 1977 en Madrid.

El 20 de enero de aquel año aparece en escena la Coalición Centro Democrático en el que estaban, señaló Prada Rodríguez, el Partido Popular, Partido Demócrata Popular, Partido Popular Demócrata Cristiano, Unión Demócrata Cristiana, la Federación de Partidos Demócratas y Liberales, el Partido Liberal y el Partido Social Demócrata.

Dicha coalición, indicó el conferenciante, defendía la “legitimidad democrática de algunos integrantes de la oposición moderada, tenía contactos con empresarios, personalidades conocidas” además de mostrar una notable debilidad respecto al Gobierno, con la salida de Areilza por decisión de Suárez y la mayoría de suaristas en las listas electorales. Por otra parte aparece el Grupo Parlamentario Independiente de G. Cisneros y los Socioazules de Martín Villa, que dan lugar a la Federación Social Independiente de Sancho Rof. Estos aportarán el líder, Adolfo Suárez y recursos, es decir, gobernación, apoyo bancario y empresarial así como de la Iglesia siguiendo, precisa Julio Prada, la línea de Tarancón. Tanto de esta Federación como de la Coalición de Centro Democrático citada surgiría la UCD el 3 de mayo de 1977.

Por último, la derecha nostálgica no obtuvo representación parlamentaria en junio de 1977, pues Alianza Nacional consiguió el 0,37% de votos y FE de las JONS Auténtica, el 0,25%, es decir, menos de 120.000 votos. Esta derecha integra el bloque opuesto al referéndum constitucional.

 

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